Desde hace unas pocas semanas, me he lanzado a la calle y a la vida en bicicleta, yendo al trabajo casi todos los días arriba de mi nuevo vehículo de dos ruedas.
Toda una experiencia y aventura, considerando los descriterios en el diseño de pistas para bicicletas, la poca cultura de los automovilistas y el nulo respeto de los peatones hacia los ciclistas. Una ciudad grande, complicada e intimidante como Santiago, que de buena fuente sé, que amilana a muchos en sus intentos por lanzarse en bicicleta por las calles.
Mucho tiempo pasé hurgando en los sitios ciclistas, información sobre el tipo de bicicleta conveniente para mí y, afortunadamente, existe mucha información al respecto. Por eso elegí una bicicleta urbana, ruda, simple, poco tentadora y que fuera difícil sacarle las piezas. Compré el casco y los accesorios de seguridad necesarios y me lancé a la calle.
Ha sido la mejor decisión que he tomado, encontré una ruta de ida y otra de vuelta que me acomodara, y a la vez estoy haciendo ejercicios. Lo más entretenido, es que voy conversando con los otros ciclistas que me he encontrado en el camino, saludo a la gente, llego contento, y me rio de los giles estresados detrás del volante.
Es un cambio importante en mi vida, conociendo una nueva cultura urbana, una cultura cómplice de saber lo que es bueno y que se comparte en las conversaciones en las esquinas, mejorando mi salud y aportando con mi granito de arena al evitar usar combustibles fósiles en mis traslados. ¿Qué se viene? Utilizarla no sólo para los traslados al trabajo, sino para ir a comprar, visitar amigos y más.
